Luisa un siglo después

Enseñar la obra de Luisa Capetillo suele ser una experiencia de re-descubrimiento de la sutileza de la obra de esta escritora puertorriqueña que dedicó su vida a las causas de la justicia laboral y de la emancipación de las mujeres.
¿Cómo enseñar a Capetillo y en qué contexto?
La primera vez que la incluí en un curso fue para analizar su obra Mi opinión (título abreviado), de 1911, desde el contexto del ensayo latinoamericano y cómo esta obra irrumpe en la ciudad letrada, quebrando fronteras y enfrentando el marcado androcentrismo–como bien señala Mary Louise Pratt–de la ensayística de estas tierras. Era la voz del otro, de la OTRA, la voz alternativa que expande y matiza el panorama de las interpretaciones socioculturales de Nuestra América.
Luego enseñé el mismo texto, versión en inglés, en un curso de U.S. Latina Writers. El enfoque de ese curso iba hacia las diferentes maneras en que diversas autoras que se pueden considerar U.S. Latinas–desde el sentido más común hasta el más amplio–abordaban la temática del género y del ser mujer dentro de los parámetros culturales de la hispanidad. Ahí vimos a Capetillo en “diálogo panorámico” desde Gloria Anzaldúa hasta Lucha Corpi.
Este semestre he asignado la obra capetillana, Influencias de las ideas modernas (edición de Lara Walker), para mi seminario avanzado sobre Género y Resistencia en América Latina. ¿Cómo leer fuera del canon, desde fuera del canon? ¿Cómo apreciar palabra y acción fuera de convenciones artísticas que nos son más familiares? ¿Cómo de breves dramas con pocos personajes, a veces sin nombre, se desprende una alegoría sobre la situación de l@s subordinad@s dentro de la nación de herencia colonial?
Son muchísimas las llaves de acceso al pensamiento y obra capetillana. Desde la convicción política hasta el respeto hacia el cuerpo y sus ritmos naturales, como de las reflexiones sobre la buena disposición hasta el uso pragmático de la vestimenta, Capetillo es una de esas figuras maltifacéticas que resisten moldes tradicionales–como señalaría Norma Valle Ferrer–y que, gracias a su labor escritural, nos ofrecen maneras de continuar quebrando fronteras que limitan el entendimiento de quiénes somos como entes sociales, espirituales e individuales.

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Escuchando…la radio…la radio

Una de mis más recientes “compulsiones” adquiridas es la de chequear lo que hay en Twitter a los pocos minutos de despertarme. Sí, soy de ésas que duerme con su smartphone within reach.
La otra mañana encontré el tuit de Bonita Radio en que hablaban de la bonita mañana y el bonito día que comenzaba para echarle fuerzas y seguir trabajando por mejorar la calidad de vida. Entonces vi también los mensajes de Alfa Rock en Facebook, mensajes inspiradores que me recordaron lo mucha que me fascinaba la radio cuando era adolescente, cuando iba de camino a la UPR.
La radio nos informa, nos presenta un diverso mundo musical y nos da la sensación de compañía: una compañía que no empalaga, pero que nos acompaña en el viaje del día o en una tranquila velada. Hablo de la radio como debe ser, sin formulismos enlatados.
Hace años que dejé de escuchar la radio regularmente. Pero me alegra que haya esfuerzos como el de Bonita Radio y el de Alfa Rock presentando programación de calidad y que me recuerden aquellas mañanas hacia Río Piedras escuchando a Sting, los Beatles, U2 y muchos más.